El reto diario de la paciencia

 
Estoy fielmente convencida de que la labor de criar es lo más trascendental que tendremos que hacer en nuestras vidas. Formar seres humanos que serán hombres y mujeres, ciudadanos, compañeros, colegas, vecinos, amigos, padres, madres, tíos; personas que se relacionarán con otras y cuyas relaciones estarán influenciadas (posiblemente determinadas)  por lo que nosotros ahora estamos colocando en sus corazones y sus mentes; consciente o inconscientemente… La ley de la siembra y la cosecha!
 
Aquellas cosas que cimentamos en ellos con o sin intención, las van recibiendo de nuestras acciones, reacciones y de esas cosas que hacemos espontáneamente, de LA PACIENCIA mucha o poca, que mostramos al tratarlos.  Algunas veces no somos nuestra mejor versión, no damos lo mejor de nosotros mismos, cediendo a nuestra condición humana, que se agota y hastía.  Esas veces en que llegamos al límite de tolerancia, las circunstancias nos vencen y nos salimos de la compostura frente a ellos, nuestros hijos e hijas a quienes amamos.
 
El terrible tráfico, los compromisos, las cuentas, el trabajo, las múltiples ocupaciones, los pendientes del hogar; nos llenan de estrés y de ansiedad.  En ocasiones logramos controlarnos, en otras no, y cuando esto nos ocurre, puede que nos sobrevenga la culpa por permitirnos explayar una reacción desproporcionada, a la cual, aunque arrepentidos casi inmediatamente, es imposible borrar; ni sus marcas!
 
Nuestros hijos e hijas son un reto permanente a nuestra paciencia; potenciado por la angustiosa realidad de que no tenemos certeza alguna de estar haciendo las cosas bien o de estar equivocándonos; de saber si nuestras mejores intenciones los dañan y transforman precisamente en lo que queremos evitar que sean!  Reconozcamos que socialmente nos preparamos para ser profesionales, artes, deportes, todo menos para ser padres y madres!
 
La complicación de la vida diaria, sumada a la inseguridad de nuestro empirismo, nos convierte en verdaderas bombas de tiempo;  que podemos ser fácilmente “activadas” por la constante desobediencia natural de nuestros niños y niñas.  Sí… por las 25 veces que debemos llamarlos y las otras 30 que debemos repetirles una misma indicación, que al final tampoco siguen a cabalidad y que termina ameritando un discurso de reprimenda que posiblemente incluya algún grito ofuscado, parte de la frustración reinante en la escena.
 
Pero esto ya lo sabemos!  El tema es qué podemos hacer para subsanarlo!  Sin ánimos de brindarles fórmulas mágicas que no tengo, pues les escribo con la honestidad de una madre que todos los días se reinventa a sí misma;  puedo sugerirles que consideren 2 puntos clave a tener presentes cuando estamos en esta situación: el amor y el perdón!
 
EL AMOR: recordemos que los amamos y nos aman.
 
Pensemos en lo importantes que son para nosotros, en cómo sería nuestra vida sin tenerles, en lo felices y afortunados que somos por tener su amor; en esos “te amo mucho”; en la hermosa sonrisa que nos regalan y su mirada de plena confianza, que nos dice silenciosamente: “sé que lo harías todo por mí” (y ciertamente así es).  Vienen de nosotros y son a la vez, nuestra mayor recompensa, nos aman tan solo por ser para ellos y nosotros los amamos inmensamente, por el simple hecho de existir. 
 
Ese amor se demuestra no sólo en los momentos gratos; sino en el momento de la prueba!  Cuando nuestro carácter es probado en una situación límite, en que precisamos desbordarnos para no enloquecer de la desesperación; en ese instante crítico,  recurramos a la prudencia convidándonos a amarlos por encima del disgusto, a llamarles la atención con toda la firmeza que amerita la situación y aplicar sin reparo el castigo que merezcan, pero sin gritarles, ni lastimarles innecesariamente.  Respiremos profundo, retrocedamos mentalmente a un momento lleno de ternura; y con férrea voluntad, controlemos nuestra reacción sin la dañina explosión.
 
EL PERDÓN: tengamos en mente que no somos perfectos, tampoco ellos.
 
Somos humanos, llenos de defectos y también virtudes.  No podemos vivir falsamente, atribuyéndonos bondades que no tenemos para parecer buenos.  O tolerando situaciones que nos hacen profundamente infelices, o fingiendo ser otros por temor al rechazo. Tampoco podemos pretender perfección de nuestros hijos e hijas, ni justificar sus imperfecciones o pretender esconder sus malas actitudes.  Ellos tienen personalidad y carácter, son arquitectos de su propia historia, a quienes debemos formar como personas de corazón gentil, pero capaces de distinguir el mal, hasta sí mismos y no permitir que les domine.  Nosotros no estamos exentos, somos absolutamente imperfectos, ellos deben saberlo.  Así como nosotros estamos llamados a ser tolerantes con ellos, debemos enseñarles a vivir, lidiar y respetar la imperfección nuestra.  No es saludable ni idealizarlos, ni que nos idealicen!
 
Ser pacientes con ellos comprendiendo que no son perfectos y que están formándose.  Perdonar sus fallas, teniendo condescendencia con ellos sin minimizarlas  y mucho menos pasarlas por alto; pues corregirlos es parte de nuestra obligación y es también una muestra de amor.  Perdonarnos a nosotros mismos, por nuestras deficiencias y debilidades, por nuestros errores, incluso cuando reaccionamos mal con ellos.  Pedir perdón a nuestros hijos e hijas es el ejemplo de humildad más valioso que podemos regalarles.  Así igualmente, enseñarles a valorar el perdón, a darlo y pedirlo, es fundamental.  El orgullo es la verdadera infelicidad, no permitamos que crezca en su alma!
 
Quiero concluir explicándoles que no hago un llamado a la indulgencia y a la permisividad con nuestros hijos e hijas; muy por el contrario, en el mundo de hoy lo que más necesitan es disciplina y límites, no excusas para hacer lo que quieran y nosotros sentirnos buenos padres y madres que les agradamos.  La persona sin límites es egoísta e individualista.  No necesitan una “mamá mejor amiga” o “papá mejor amigo”, la vida les dará muchos; necesitan nuestra firmeza y decisión de educarlos, corregirlos y castigarlos; con paciencia, por amor y con la conciencia de la imperfección humana, practicando el perdón; así nuestras relaciones con ellos serán llenas de paz… pues la familia debe ser precisamente remanso de paz!-


Nelva Ramos Torres
nelvaramos@yahoo.com

Este artículo fue escrito por Nelva J. Ramos, corresponde a la opinión exclusiva de la autora y está protegido por las leyes de derecho de autor.-

 

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