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Quienes nos hemos embarcado en la aventura de la maternidad, lo hemos hecho por diferentes razones.  Estamos las que embebidas en la pasión olvidamos tomar las precauciones; las que aún tomando precauciones fuimos elegidas por la divinidad para la preciosa tarea; también las que nos sentíamos listas para dar el paso a seguir con nuestras parejas; por supuesto, las que teníamos este como sueño de vida y de realización personal; incluso las que consideramos que es parte de las cosas que como mujeres debemos hacer; no faltamos las que accedimos y decidimos complacer a nuestras parejas o a las familias de ambos;  aquellas que estando solas, optamos por hacernos de una compañía eterna y nuestra; y finalmente, estamos las que definitiva y simplemente, no lo evitamos y ni siquiera pensamos que nos pasaría!

Pero en común todas tenemos, que nos ocurrió!  Y que una vez que inició y nos enteramos, que lo asimilamos y aceptamos, nuestro mundo empezó a cambiar irreversiblemente.  Sentir la vida crecer dentro de nosotros  es algo invaluable e irrepetible...mágico y privilegiado.  Nada que hayamos vivido o que nos espere por vivir puede ser comparable… es sencillamente un milagro! 

Día a día, a medida que esa nueva vida crece, envolviéndonos y enamorándonos; a la vez somos saturadas de estímulos externos de todo tipo relacionados a nuestra condición.  Comentarios de quienes nos rodean, consejos, anécdotas de otros, experiencias ajenas cercanas y lejanas, publicidad; en fin, a toda esa influencia  se suma la explosión hormonal que experimenta nuestro cuerpo y la carga emocional propia de la situación que estamos viviendo.  Entonces, nos surgen pensamientos, ideas y dudas, sentimientos buenos y malos nos invaden; producto de la misma ansiedad del acontecimiento venidero, la llegada de ese nuevo ser humano del cual fuimos afortunado instrumento de anidación.

Nos llenamos de interrogantes, será niña o varoncito, será que el ultrasonido estará correcto, nos preocupa que falle.  Nos dedicamos a buscar un nombre adecuado, pues su nombre indudablemente determinará una parte importante de quién será; de tal manera debemos escoger muy bien y ser cuidadosas!  Nos asusta pensar si vendrá bien o si tendrá algún grado de compromiso y de ser así, cómo haremos para manejarlo, si podremos con ese reto y si lograremos salir adelante.  Pensamos en sus rasgos, a quién se parecerá?   Nos preguntamos qué se sentirá ser madre, cómo será cuando lo tengamos en nuestros brazos, si reconocerá nuestra voz, si llegaremos a ser buenas madres, si haremos las cosas bien, si tendremos suficiente amor para que nuestro bebé lo sienta y se sienta seguro, si nos amará tanto como nosotras, si lograremos que sea feliz?  Son tantas las dudas, tanta la ansiedad… hasta que llega el anhelado momento.

Luego, la experiencia no corresponde a nada que se nos haya ocurrido, todo es novedoso y no ocurre según ningún plan de preparación.   Lo separan de nuestras entrañas para ponerlo en nuestro regazo.  Nos lo presentan.  Lo sentimos piel con piel, disipando espontáneamente toda la ansiedad y sobreviniéndonos la paz del amor incondicional que nos inunda; que nos llena como nunca antes ningún otro amor lo hizo.  Sublime!!   Lo amamos y él a nosotras; sólo por ser nuestro, sólo por ser suya!

Al poco tiempo, la incertidumbre retorna, esta vez para ser perenne compañera mientras dure nuestra maravillosa y trascendental labor maternal: ¿ESTAREMOS HACIENDO LAS COSAS BIEN??  

Este es mi mensaje:  NO IMPORTA!!!  NUNCA LO SABREMOS!!!

Nunca tendremos certeza de si estamos procediendo correctamente.  No hay forma alguna de saber, de antemano, si estamos haciendo bien o si nos estamos equivocando.  Resulta imposible controlar lo que pasará y conocer si los resultados de lo que estamos sembrando serán positivos o no.  Nos equivocaremos y mucho; haremos cosas con intención y sin ella que les afectarán su vida, pues sí!  No podemos cambiar nuestra imperfección.  Lo único que podemos hacer es depositarnos en el amor que sentimos por ellos.  Somos humanas, buenas y malas, no somos perfectas.  Por ser capaces de hacer muchas cosas a la vez, llegamos a pensar que lo podemos todo, de algún modo lo transmitimos; nos lo creemos, nuestros hijos nos ven como una especie de heroínas, todopoderosas;  y nos esmeramos en tratar de llenar esas expectativas.

Optemos por flexibilizar ese tan alto estándar de calidad de rendimiento materno que nos hemos autoimpuesto.  No seamos tan severas y exigentes con nosotras mismas, ni con nuestros hijos; ellos tampoco podrán ser perfectos.  No somos omnipotentes, no tenemos todas las respuestas, ni podremos crearlas siempre.  Pero sí podemos permitirnos que EL AMOR sea nuestro guía, nuestro norte, nuestra base para cada decisión que involucre a nuestros hijos.  Démosle prioridad a las necesidades de ellos, porque esa es la impresionante capacidad que nos regaló la naturaleza: el darnos por completo; y lo manifestamos instintivamente y sin esfuerzo.  Descansemos entregadas en la certeza de que sabremos qué hacer, qué decisión tomar, tan sólo escuchando nuestro corazón! 

Nelva J. Ramos
nelvaramos@yahoo.com

Etiquetas: padres

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