Libertad y Responsabilidad

Recién cumplidos los cinco años, mi hija mayor, siempre dulce, pero muy seria y puntual me indicó que deseaba hacer las cosas “solita”, pues ya era “una niña grande” y no deseaba que la tratara como “bebé”.  Me sorprendió,  pues no esperaba que mi hija tan pequeña, aunque no podía conceptualizarlo, me transmitiera perfectamente su reclamo: LIBERTAD!

Con sus ojitos clavaditos en los míos, consternada, mostraba la clara expectativa de una respuesta.  Yo, desarmada para la situación, atiné a decirle que en lo sucesivo sólo la ayudaría en lo que ella necesitara; pero continué con la advertencia de que “ser grande” y “libre de hacer las cosas solita” implicaba la responsabilidad de realmente hacer las cosas sin que tengan que decirte que las hagas!

Esa segunda parte tuve que explicársela y no le agradó mucho.  Generalmente, nos gusta la libertad, mas no la responsabilidad que acarrean las decisiones y acciones que tomamos, ni las consecuencias que producen; pero la libertad lleva intrínseca la responsabilidad y eso es inevitable!

Un íntimo amigo y padre, me leyó y preguntó: “¿por qué no hablas de lo que cuesta ser padre, de lo que nadie habla: de los sacrificios?”.  Me pareció interesante su punto de vista y decidí hacerlo, en vista de que libremente decidimos traer nuestros hijos al mundo y al hacerlo aceptamos la responsabilidad implícita que conllevan y que empieza con hacer cambios en la vida que estamos acostumbrados a llevar, que no se detienen durante toda la relación paterno y materno filial.

Nos vemos forzados a hacer adecuaciones constantemente, desde el momento en que sabemos que vendrán.  Nos preparamos, cambiamos rutinas, reorganizamos nuestro tiempo, buscamos quien los cuide mientras trabajamos, o hasta dejamos la vida profesional para dedicarnos a ellos.  La vida social resulta más complicada de desarrollar, y en algunos casos desaparece o se limita.  Modificamos costumbres y hasta anhelos; vamos en ensayo y error buscando lograr que funcionen las cosas para todos.  En uso de nuestra libertad los tuvimos y, cumpliendo nuestra responsabilidad de cuidarlos, nos toca transformarnos.

Pero, ¿cómo se siente ese hombre, esa mujer que está dentro de ese padre y esa madre en ese proceso de constante replanteamiento?  ¿Complacido y feliz?  ¿O sacrificado, olvidado; desplazada y controlada por las nuevas circunstancias?  Muy probablemente sean todos esos sentimientos, que son lógicos y no hay que sentir culpa por eso; ¡los hijos son una invasión total a nuestras vidas!

El eterno cansancio de esa madre, causado por la acumulación del estrés que empieza desde muy temprano con todos los preparativos para el colegio, incrementado por la atención de todos tus deberes del día entero, sumado a las tareas escolares y a todas las instrucciones que repite una y otra vez hasta perder la paciencia, al velar por la casa, sus compromisos, los niños y el esposo, y ese anhelo guardado de tener un día entero para dormir 24 horas seguidas o mudarse una semana a un spa.  El terrible fastidio de ese padre, ocasionado por la frustración de no poder hacer más que “pasar tiempo con la familia”, pues a diario llega tarde del trabajo, así que el mínimo tiempo libre lo dedica a los hijos; renunciando a las reunioncitas con los amigos y los juegos de fútbol 1 vez a la semana, que extraña, y hasta a ver el partido por televisión pues se queda dormido cada vez que logra llegar al sofá, luego del peso de todo el día, velando por el trabajo y su familia.  Y los paseos pasaron de ser románticos y relajantes, a familiares y complicados; con salida siempre retrasada,  evitando olvidar algo; con 3 veces más maletas que antes;  con la comida, la seguridad y la comodidad como tema prioritario, reemplazando la simplicidad y la aventura del pasado; y ni mencionar, el presupuesto!  

Extenuados, frustrados, presionados y hasta  aburridos, no compartimos estos sentimientos por temor a ser juzgados como malos padres que reniegan de sus hijos; pero somos seres humanos con fragilidad y limitaciones; y definitivamente la paternidad y la maternidad  son abrumadoras, agotadoras y desgastantes.  

Igualmente cierto resulta que, en la total ambivalencia que se produce en nuestro interior… AMAMOS SER PADRES!

Por ser la experiencia más inspiradora y motivadora de todas, pues son nuestros hijos artífices de nuestras voluntades.  Sus ojos, su sonrisa y el leve toque de su piel son estímulos suficientes, con sólo recordarlos, para sobrellevar el cansancio físico de tanto trabajo; el fastidio de la implacable rutina; el triste desánimo de no poder hacer cosas que antes solíamos y la angustia cuando las cosas no salen bien!  Son el remedio absoluto del abatimiento y el incentivo más fuerte para levantarnos cada día.   Dan sentido a nuestra vida, a nuestro arduo trabajo, a nuestros enormes esfuerzos, a nuestra perseverancia y a nuestra esperanza de vivir el futuro.  Nos reconfortan con su amor puro e incondicional.  Nunca fuimos más plenos, más completos; vivimos agradecidos por su existencia, ya que representan una permanente invitación a darles lo mejor de nosotros, a ser mejores!
   
Al abrazar mis hijas siento su amor y el mío, comprendiendo que no existe mayor felicidad que realizar mi realidad; lo que era mi vida antes es una remembranza.  Al mirar el espejo, acepto a la mujer que soy hoy, cansada y con algunas arrugas; recuerdo a la de antes, que hacia cosas distintas, le agradezco y no la extraño.  Me relajo y vivo este momento con pasión, sin el agotamiento de perseguir viejos ideales y de tratar de vencer el tiempo.  Veo el futuro con esperanza, por ello a diario planto, cuido y riego la semilla del amor en el corazón de ellas;  cumpliendo mi responsabilidad de orientarlas y llevarlas adelante; consciente de que lo importante es el ahora, y cuando las miro elijo libremente mi alegría y no mi desencanto.  Tomo el control de mi vida, disfruto de ella y de la responsabilidad de cuidarlas;  pues las responsabilidades, tanto como las libertades, también pueden ser disfrutadas!

Por Nelva Ramos
nelvaramos@yahoo.com
 

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