Los Primeros Días

Ya casi no recuerdo los primeros días de mis hijas.  Es increíble a la velocidad en que trascurre el tiempo y la forma en que se nos pierden los detalles, en el día a día, si no prestamos atención, por intentar correr al mismo ritmo.  Nos diluimos y simplemente, se nos van!

Una vez hablando con mi doctor de cabecera, a quien tengo especial cariño y confianza, me comentó que diariamente buscaba un espacio de tiempo entre jornada laboral para pasar por la casa de su hija y compartir unos minutos con su nieto; que esa era la mejor parte de su día y el lugar donde más completo se sentía, con sus hijos y su nieto; donde realmente era feliz!  Explicó que en cada visita experimentaba una novedad, por lo tanto, su entusiasmo se acrecentaba mientras transcurría la mañana por la expectativa de llegar y sorprenderse emocionado con alguna “cosa nueva” de su nietecito; luego de haber comprendido que dentro de su propia experiencia paterna no vivió  “esas cosas” con ninguno de sus tres hijos, pues todas ocurrieron mientras él trabajaba!

Vivimos una época muy acelerada, curiosamente las horas y minutos parecieran volar.  Tenemos ocupaciones y compromisos, incluso intereses personales, frente a los cuales debemos estar muy conscientes de que lo más apremiante es brindar atención a nuestros hijos.  Nos necesitan, no conocen el mundo, requieren que se los mostremos y enseñemos a vivir y sobrevivir en él.

Son un regalo especial que nos fue dado para que a la vez, les regalemos todo nuestro amor; pues el amor es como el arte: no es útil  ni impactante si no sale de nosotros, si no lo compartimos.  Estamos para cuidarlos y para guiarlos al camino que los lleve a dar lo mejor de sí mismos en su vida, en su entorno y realidad; para hacer de ellos personas, ciudadanos, seres humanos, que interactuarán con los demás, la sociedad, el ambiente.  Pero la necesidad es recíproca; es decir, también necesitamos entregarnos a ellos.  Necesitan nuestro amor tanto como nosotras necesitamos darlo; por más cansancio, estrés, hastío, frustraciones o hasta carencias que experimentemos.  

No permitamos que nos confunda el mundo de hoy, que nos exige éxito profesional, una familia debidamente conformada, belleza estereotipada y la consideración de que todo es desechable y sustituible, en especial aquello que nos estorbe para lograr nuestras “metas”, como sinónimo de “autoestima fortalecida”.   Ninguna meta profesional o personal que nos propongamos y logremos tendrá sentido si, al final del día, sentimos que les fallamos a nuestros hijos; que de alguna manera los abandonamos, concentrándonos en otra cosa que nos pareció, en ese momento, de vital importancia por encima de ellos.

Somos mujeres, procreamos vida; somos imprescindibles, especiales, extraordinarias, únicas, la propia evidencia y manifestación del amor.  Tengamos total compresión de lo que abarca para vivirlo a plenitud. Es cierto que amándonos y cuidando de nosotras mismas, les enseñamos a amarse y respetarse a sí mismos, a su vez.  Sin embargo, es amándolos con intensidad que les enseñamos que son valiosos, importantes, que no están solos, que son merecedores de ser amados y también de amar.  Esto es fundamental para su estabilidad emocional, pues lo más valiente que una persona puede hacer en esta vida, y lo más difícil, es entregarse; permitir que le conozcan, le acepten como es y le amen.

Disfrutemos de ellos aunque estemos cansadas, aunque estemos aburridas, aunque haya otras cosas que hacer, aunque sintamos que necesitamos espacio para nosotras, aunque queramos recuperar la figura y dedicar ese tiempo a ejercitarnos; aunque tengamos la abuela, la nana o la tía para encargarse de ellos y tener nosotras tiempo libre.  Prefiramos estar con ellos, prioricémoslos; pues crecerán y ya no tendremos esta oportunidad por segunda vez.

Pospongamos lo que sea necesario, incluyendo el celular, y utilicemos ese espacio para abrazarlos; mirarlos a los ojos, ver dentro de ellos y ellos dentro nuestro; sentir su presencia; decirles cuánto los amamos, cuán feliz nos hacen, cuán orgullosas nos sentimos de tenerlos, que son lo mejor que nos ha pasado y lo más importante para nosotras.  Eso vale más y aporta más a su vida que el mejor colegio, la mejor academia de karate, futbol o ballet, o el más costoso y divertido de los viajes o juguete.

Honestamente, considero que un mundo mejor se lograría si nos dedicáramos a cultivar el amor con absoluta entrega, a partir del seno del hogar, a través de nosotras las madres hacia nuestros hijos.  No minimizo la posición del padre en la vida de los hijos; por el contrario, hago extensivo a los padres mi planteamiento, pues  precisamente fue un padre quien inspiró estas líneas; y definitivamente, pienso que sería maravilloso para todo niño contar con padre y madre con el mismo grado de compromiso para amarle y cuidarle: una total fortuna!  Particularmente, conozco padres impresionantemente dedicados a amar y cuidar de sus hijos, a veces más que las propias madres, algunos en ausencia  de las mismas.  No obstante, pienso que, como mujeres y madres, tenemos un papel sencillamente irremplazable, que está dado por la misma naturaleza que también es mujer, fuente de amor.

El tiempo se va y no retorna.  Me siento a mirar las fotos de mis niñas de los primeros días de vida, cada acontecimiento, cada etapa; revivo cada emoción; pero ya requiero ver las fotos para recordar ciertos rasgos de cuando eran bebés pues se me escapan del recuerdo.  No noté cuando pasó el tiempo, sólo comprendo que mis niñas no volverán a tener un mes, ni dos añitos, ni  volverá el primer día de escuelita; por eso es el ahora lo que importa, por eso quiero estar para ellas, cuidarlas ahora que me necesitan, por eso no quiero perderme nada, vivir con ellas cada sencillez y cada complicación;  por eso quiero estar allí en sus recuerdos de estos años… Sembrando en sus pequeñas almas, día a día lo mejor de mí… ¡mi inmenso amor por ellas!

Nelva Ramos
nelvaramos@yahoo.com

Etiquetas: crianza, apego

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